En Jerusalén, Jacobo y los ancianos le plantean un problema: miles de judíos creyentes, todos celosos de la ley, han oído que él enseña a los judíos de la diáspora a abandonar a Moisés. Le proponen que pague los gastos de cuatro hombres que tienen un voto y se purifique con ellos en el templo, para que todos vean que él también guarda la ley. Pablo acepta Hechos 21:17-26.
Unos judíos de Asia lo ven en el templo y lo acusan de haber metido griegos en el lugar santo: lo habían visto antes en la ciudad con Trófimo, un efesio. La ciudad se alborota, lo sacan del templo y quieren matarlo; el tribuno de la guarnición romana llega con soldados, lo arresta y lo ata con dos cadenas Hechos 21:27-33.
Desde las escaleras de la fortaleza, Pablo pide hablar y cuenta en hebreo su historia; la multitud lo escucha hasta que dice que Dios lo envió lejos, a los gentiles, y ahí estalla Hechos 22:1-22. El tribuno manda interrogarlo con azotes, y Pablo pregunta si es lícito azotar a un ciudadano romano sin condenarlo. El castigo se suspende Hechos 22:24-29.
Ante el Sanedrín, al ver que hay fariseos y saduceos, grita que es fariseo y que se le juzga por la esperanza de la resurrección de los muertos; el consejo se divide y los romanos tienen que sacarlo Hechos 23:6-10. Esa noche el Señor le dice que así como ha dado testimonio en Jerusalén, lo dará también en Roma Hechos 23:11. Más de cuarenta hombres juran no comer hasta matarlo; su sobrino se entera de la emboscada y avisa al tribuno, que lo envía de noche a Cesarea, ante el gobernador Félix, con una escolta de cientos de soldados Hechos 23:12-24.