La promesa a David
Cuando David quiere construir una casa a Dios, el profeta Natán le trae la respuesta contraria: será Dios quien le construya a él una «casa», es decir, una dinastía. «Y será afirmada tu casa y tu reino para siempre delante de tu rostro, y tu trono será estable eternamente» 2 Samuel 7:12-16.
Cuando el reino de Judá se hunde, los profetas mantienen viva esa promesa con imágenes de árbol cortado que rebrota: «Saldrá una vara del tronco de Isaí, y un vástago retoñará de sus raíces» Isaías 11:1-5; «levantaré a David renuevo justo, y reinará como Rey» Jeremías 23:5-6. Isaí es el padre de David: el rey futuro nacerá de la misma raíz.
En los evangelios
Mateo empieza llamando a Jesús «hijo de David» Mateo 1:1 y organiza su genealogía alrededor de David. El título lo gritan sobre todo los necesitados: Bartimeo, el ciego de Jericó, clama «¡Jesús, Hijo de David, ten misericordia de mí!», y aunque lo mandan callar, insiste Marcos 10:46-52. Lo proclama la multitud al entrar Jesús en Jerusalén Mateo 21:9.
Jesús, sin embargo, lo pone en cuestión: si David, en el Salmo 110, llama al Mesías «mi Señor», «¿cómo, pues, es su hijo?» Marcos 12:35-37. La pregunta no niega que lo sea, pero indica que el título se queda corto.
Pablo lo recoge en una de sus fórmulas más antiguas: Jesús «era del linaje de David según la carne», y fue declarado Hijo de Dios con poder por la resurrección Romanos 1:3-4.