El capítulo empieza situando al rey donde no debía estar. En el tiempo en que los reyes salen a la guerra, David envía a Joab y a todo Israel a sitiar Rabá, y él se queda en Jerusalén 2 Samuel 11:1. Una tarde, paseando por la azotea de su casa, ve a una mujer que se estaba bañando, muy hermosa 2 Samuel 11:2. Pregunta por ella y la respuesta que recibe contiene ya todo el problema: es Betsabé, hija de Eliam, mujer de Urías heteo 2 Samuel 11:3. Los verbos del versículo siguiente son todos del rey: envió mensajeros, la tomó, se llegó a ella; el texto anota además que ella se estaba purificando de su impureza, y que después volvió a su casa 2 Samuel 11:4. La única frase que el relato pone en boca de Betsabé en todo el episodio son dos palabras: estoy encinta 2 Samuel 11:5.
A partir de ahí el capítulo es un encubrimiento que falla tres veces. David manda traer a Urías del frente, le pregunta por la marcha de la guerra como excusa y lo despide a su casa a lavarse los pies; Urías duerme a la puerta del palacio con los siervos 2 Samuel 11:6-9. Cuando el rey le pregunta por qué, la respuesta es una lección sin saberlo: el arca, Israel y Judá están en tiendas, y su señor Joab y los siervos acampan en el campo, ¿y él va a entrar en su casa a comer, a beber y a dormir con su mujer? 2 Samuel 11:10-11. David lo retiene un día más y lo emborracha; Urías vuelve a dormir con los siervos 2 Samuel 11:12-13.
Entonces viene la orden escrita. David envía una carta a Joab, y la lleva el propio Urías: poned a Urías en lo más recio de la batalla, y retiraos de él para que sea herido y muera 2 Samuel 11:14-15. Joab lo cumple con una variante propia que cuesta más vidas, y el mensajero recibe instrucciones de dar la noticia de Urías al final, cuando el rey se enoje por las bajas 2 Samuel 11:16-21. La respuesta de David al mensajero es de las frases más frías del Antiguo Testamento: que no le parezca mal este asunto, porque la espada consume, ora a uno, ora a otro 2 Samuel 11:25. Betsabé hace duelo por su marido; pasado el luto, David la manda traer y ella le da un hijo. El capítulo cierra con la única valoración del narrador, y es lapidaria: esto que David había hecho fue desagradable ante los ojos de Jehová 2 Samuel 11:26-27.
La sentencia llega disfrazada de pleito. Natán le presenta un caso: un hombre rico con muchos rebaños y un hombre pobre con una sola corderita que había criado con sus hijos; llegó un huésped al rico y, para no gastar de lo suyo, tomó la corderita del pobre 2 Samuel 12:1-4. David se enciende, dicta sentencia de muerte contra ese hombre y añade que pagará la cordera cuatro veces 2 Samuel 12:5-6. Y recibe la frase: tú eres aquel hombre 2 Samuel 12:7. La acusación completa no es el adulterio sino el uso del poder: te di la casa de tu señor, te di Israel y Judá, y si fuera poco te habría añadido más; heriste a Urías con la espada de los hijos de Amón y tomaste a su mujer 2 Samuel 12:7-9. El castigo se anuncia en la misma moneda: no se apartará jamás la espada de su casa 2 Samuel 12:10, y lo que él hizo en secreto otro lo hará con sus mujeres delante de todo Israel y a la luz del sol 2 Samuel 12:11-12.
David responde con tres palabras: pequé contra Jehová 2 Samuel 12:13. Natán le dice que no morirá, pero que el hijo nacido sí 2 Samuel 12:14. Durante siete días el rey ayuna y pasa las noches acostado en tierra; cuando el niño muere, sus siervos temen decírselo, y él se levanta, se lava, se unge, entra a adorar y pide de comer 2 Samuel 12:16-20. Su explicación es de una lucidez que desconcierta a los que lo rodean: mientras vivía ayunaba por si Dios tenía misericordia; ahora que ha muerto, ¿para qué?, yo voy a él, mas él no volverá a mí 2 Samuel 12:21-23. Después consuela a Betsabé y de ella nace Salomón, a quien Jehová amó, y manda por medio de Natán que lo llamen también Jedidías 2 Samuel 12:24-25. El capítulo termina volviendo a la guerra que había quedado en pausa: Joab toma Rabá y llama al rey para que se lleve el crédito de la victoria 2 Samuel 12:26-31.