El último capítulo de su vida empieza con una nota clínica: el rey era viejo, lo cubrían
de ropas y no se calentaba 1 Reyes 1:1. Le buscan a una joven, Abisag, que
lo atiende y duerme a su lado, y el texto aclara que él no la conoció
1 Reyes 1:2-4. Mientras tanto, Adonías —el mayor de los hijos vivos— se
adelanta: se hace con carros y con cincuenta hombres que corran delante de él, se gana a
Joab y al sacerdote Abiatar, y celebra un banquete de proclamación al que no invita ni a
Natán ni a Salomón 1 Reyes 1:5-10.
La sucesión se decide en la habitación de un anciano. Natán y Betsabé entran por turnos,
le recuerdan un juramento sobre Salomón y le informan de lo que está pasando fuera
1 Reyes 1:11-27. David reacciona por última vez como rey: manda que monten
a Salomón en su propia mula, que lo bajen a Gihón, que el sacerdote Sadoc y el profeta
Natán lo unjan y que toquen la trompeta
1 Reyes 1:32-35. El pueblo sube detrás tocando flautas, con una alegría
que hace temblar la tierra, y el banquete de Adonías se deshace solo
1 Reyes 1:39-49.
Sus últimas instrucciones a Salomón tienen dos mitades que no siempre se leen juntas. La
primera es un encargo religioso: esfuérzate y sé hombre, guarda los preceptos de Jehová
para que la promesa sobre su descendencia se sostenga
1 Reyes 2:2-4. La segunda es un ajuste de cuentas: qué hacer con Joab, por
las dos muertes que derramó sangre de guerra en tiempo de paz, y con Simei, a quien él
había jurado no matar 1 Reyes 2:5-9. Después durmió con sus padres y fue
sepultado en su ciudad; había reinado cuarenta años
1 Reyes 2:10-11.
El apéndice del libro de Samuel guarda dos piezas que completan el retrato. Una es el
episodio del pozo de Belén: acosado por la nostalgia en la cueva de Adulam, David dice en
voz alta que quisiera beber del agua del pozo de su pueblo; tres de sus valientes rompen
el campamento filisteo para traérsela, y él no la bebe, sino que la derrama delante de
Jehová porque es la sangre de unos hombres que fueron con riesgo de su vida
2 Samuel 23:15-17. La otra son «las últimas palabras de David», un poema
que se presenta a sí mismo como el oráculo del dulce cantor de Israel y que describe al
gobernante justo como la luz de la mañana tras la lluvia
2 Samuel 23:1-4.