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Lepra

También: Leproso · Leprosos · Tsaráat · Tzaraat

Nombre que las traducciones dan a una serie de afecciones de la piel —manchas, escamas, llagas blanquecinas— que la ley de Israel consideraba fuente de impureza grave. El afectado debía vivir fuera del campamento hasta que el sacerdote lo declarara limpio. No coincide con la enfermedad que hoy llamamos lepra: el mismo término hebreo se aplica también al moho en ropas y paredes.

En la Biblia

Levítico 13–14 detalla cómo el sacerdote examina la piel, aísla al afectado y, si sana, lo purifica con un rito. María, hermana de Moisés, queda leprosa siete días por murmurar (Números 12:10-15); Naamán, general sirio, sana al bañarse siete veces en el Jordán (2 Reyes 5:1-14). Jesús toca a un leproso y lo limpia (Marcos 1:40-44).

Etimología

Del griego lépra, relacionado con lepís, «escama»: la enfermedad «escamosa». Traduce el hebreo צָרַעַת tsaráat, de etimología oscura. Por el griego de la Septuaginta, la palabra pasó al latín y a las lenguas modernas, y cuando en la Edad Media se aplicó a la enfermedad de Hansen, se produjo la confusión que hoy arrastran las traducciones.

No es la lepra que conocemos

La palabra «lepra» evoca hoy la enfermedad de Hansen, que destruye nervios y mutila. Pero el tsaráat de Levítico es otra cosa. Los síntomas que describe —una hinchazón, una erupción, una mancha blanca con el vello vuelto blanco Levítico 13:1-3— encajan mejor con dolencias como la psoriasis, el vitiligo o ciertas infecciones de la piel. Y el mismo término se aplica a manchas verdosas o rojizas en un vestido o en las paredes de una casa, es decir, al moho Levítico 13:47-52. Por eso muchas traducciones modernas prefieren hablar de «enfermedad de la piel».

Qué hacía el sacerdote

El sacerdote no era un médico: no curaba. Examinaba, aislaba siete días si había duda, volvía a examinar y declaraba: limpio o inmundo. Si era inmundo, el afectado vivía fuera del campamento, con los vestidos rasgados y la cabeza descubierta, y debía avisar a los demás gritando «¡Inmundo! ¡inmundo!» Levítico 13:45-46. Lo que se protegía era la pureza del campamento, en cuyo centro habitaba Dios.

Si la persona sanaba, el sacerdote salía a verla fuera del campamento y realizaba un rito de purificación con dos avecillas, madera de cedro, grana e hisopo; una avecilla se degollaba y la otra se soltaba viva al campo Levítico 14:1-9. Después venían el baño, el afeitado y los sacrificios.

Historias con lepra

En los relatos, la lepra aparece a menudo como castigo o como señal. María, la hermana de Moisés, queda «leprosa como la nieve» por murmurar contra él, y Moisés intercede para que sane Números 12:10-15; el rey Uzías es herido de lepra al querer quemar incienso en el templo 2 Crónicas 26:19-21. Pero la historia más conocida es la de un extranjero: Naamán, general del rey de Siria, que sana tras bañarse siete veces en el Jordán por indicación de Eliseo 2 Reyes 5:1-14.

En el Nuevo Testamento

Jesús rompe la barrera del aislamiento. Un leproso le suplica «si quieres, puedes limpiarme», y Jesús, movido a compasión, lo toca: «Quiero, sé limpio». Después lo manda al sacerdote a ofrecer lo que Moisés mandó Marcos 1:40-44: la curación no suprime la Ley, sino que permite cumplirla. De diez leprosos curados, solo uno vuelve a dar gracias, y es samaritano Lucas 17:11-19. En Nazaret, Jesús recuerda que de todos los leprosos de Israel en tiempos de Eliseo solo fue limpiado Naamán el sirio Lucas 4:27.

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