No es la lepra que conocemos
La palabra «lepra» evoca hoy la enfermedad de Hansen, que destruye nervios y mutila. Pero el tsaráat de Levítico es otra cosa. Los síntomas que describe —una hinchazón, una erupción, una mancha blanca con el vello vuelto blanco Levítico 13:1-3— encajan mejor con dolencias como la psoriasis, el vitiligo o ciertas infecciones de la piel. Y el mismo término se aplica a manchas verdosas o rojizas en un vestido o en las paredes de una casa, es decir, al moho Levítico 13:47-52. Por eso muchas traducciones modernas prefieren hablar de «enfermedad de la piel».
Qué hacía el sacerdote
El sacerdote no era un médico: no curaba. Examinaba, aislaba siete días si había duda, volvía a examinar y declaraba: limpio o inmundo. Si era inmundo, el afectado vivía fuera del campamento, con los vestidos rasgados y la cabeza descubierta, y debía avisar a los demás gritando «¡Inmundo! ¡inmundo!» Levítico 13:45-46. Lo que se protegía era la pureza del campamento, en cuyo centro habitaba Dios.
Si la persona sanaba, el sacerdote salía a verla fuera del campamento y realizaba un rito de purificación con dos avecillas, madera de cedro, grana e hisopo; una avecilla se degollaba y la otra se soltaba viva al campo Levítico 14:1-9. Después venían el baño, el afeitado y los sacrificios.
Historias con lepra
En los relatos, la lepra aparece a menudo como castigo o como señal. María, la hermana de Moisés, queda «leprosa como la nieve» por murmurar contra él, y Moisés intercede para que sane Números 12:10-15; el rey Uzías es herido de lepra al querer quemar incienso en el templo 2 Crónicas 26:19-21. Pero la historia más conocida es la de un extranjero: Naamán, general del rey de Siria, que sana tras bañarse siete veces en el Jordán por indicación de Eliseo 2 Reyes 5:1-14.
En el Nuevo Testamento
Jesús rompe la barrera del aislamiento. Un leproso le suplica «si quieres, puedes limpiarme», y Jesús, movido a compasión, lo toca: «Quiero, sé limpio». Después lo manda al sacerdote a ofrecer lo que Moisés mandó Marcos 1:40-44: la curación no suprime la Ley, sino que permite cumplirla. De diez leprosos curados, solo uno vuelve a dar gracias, y es samaritano Lucas 17:11-19. En Nazaret, Jesús recuerda que de todos los leprosos de Israel en tiempos de Eliseo solo fue limpiado Naamán el sirio Lucas 4:27.