Ha pasado una generación. La vieja guardia ha muerto: Miriam en Cades Números 20:1, Aarón en el monte Hor Números 20:28. Y Moisés sabe que tampoco él entrará: la sentencia de Meriba lo incluye Números 20:12. En el monte Abarim, Dios le deja ver la tierra y le anuncia que será reunido con su pueblo Números 27:12-13.
La respuesta de Moisés no es pedir una prórroga. Pide un sucesor: que Dios ponga al frente de la comunidad a alguien que la guíe, para que el pueblo no quede como un rebaño sin pastor Números 27:16-17.
Dios señala a Josué. La razón que da es breve: es un hombre en quien está el espíritu Números 27:18. Moisés debe poner las manos sobre él delante de Eleazar el sacerdote y de toda la congregación, y darle parte de su autoridad para que el pueblo le obedezca Números 27:19-20. Moisés lo hace Números 27:22-23.
Poco antes de morir Moisés, todavía en las llanuras de Moab, el traspaso se completa. Moisés llama a Josué delante de todo Israel y le dice que sea fuerte y valiente, porque él entrará con este pueblo en la tierra que Dios juró a sus padres Deuteronomio 31:7. Dios le repite la misma consigna al propio Josué Deuteronomio 31:23.
Cuando Moisés muere en el monte Nebo sin haber pisado Canaán Deuteronomio 34:5, el relato cierra con una línea sobre su sucesor: Josué, hijo de Nun, estaba lleno del espíritu de sabiduría porque Moisés había puesto sus manos sobre él, y los hijos de Israel le obedecieron Deuteronomio 34:9.