El libro que lleva su nombre empieza situándose en el tiempo: lo que cuenta ocurre después de la muerte de Moisés, el siervo de Dios Josué 1:1. El relato no deja espacio para el duelo. La orden es inmediata: levántate, cruza el Jordán con todo el pueblo, hacia la tierra que yo les doy Josué 1:2.
Antes de cruzar, Josué envía dos espías a Jericó Josué 2:1. Los espías entran en casa de una mujer llamada Rahab, que los esconde en el terrado bajo manojos de lino cuando el rey de la ciudad manda buscarlos Josué 2:4-6. Rahab les dice lo que sabe: el terror de Israel ha caído sobre la tierra; han oído del mar que se abrió y de lo que le hicieron a los reyes amorreos al otro lado del Jordán Josué 2:9-11. Les pide un pacto —la misma bondad que ella ha tenido con ellos— y la señal será un cordón de grana atado a la ventana Josué 2:12-14Josué 2:18.
Al cabo de tres días, los oficiales dan la orden de seguir al arca Josué 3:2-3. Los sacerdotes la llevan al frente. En cuanto sus pies tocan el agua —y el texto precisa que el Jordán va desbordado durante toda la siega—, las aguas que bajan de arriba se detienen, y las que corren hacia el mar del Arabá se cortan por completo Josué 3:15-16. El pueblo cruza en seco, con los sacerdotes parados en medio del cauce Josué 3:17.
Josué manda tomar doce piedras del lecho del río, una por tribu Josué 4:1-8, y las levanta en Gilgal como memorial Josué 4:20. Tienen un destinatario explícito: cuando los hijos pregunten qué significan, se les contará que el Jordán se secó delante del arca, como se había secado el mar Rojo ante la generación anterior Josué 4:21-23. Ese día, anota el relato, Dios engrandeció a Josué ante todo Israel, y lo respetaron como habían respetado a Moisés Josué 4:14.