Después de Jericó, Josué envía hombres a reconocer Ai, junto a Bet-avén, al oriente de Bet-el Josué 7:2. El informe es confiado: son pocos, con dos o tres mil hombres basta Josué 7:3. Josué envía unos tres mil, y los de Ai los ponen en fuga, matando a treinta y seis Josué 7:4-5.
El corazón del pueblo se derrite. Josué rasga sus vestidos, se postra ante el arca y reclama: ¿para qué nos hiciste pasar el Jordán, para entregarnos a los amorreos? Josué 7:6-7. La respuesta de Dios es seca: que se levante, que qué hace postrado. Israel ha pecado; han tomado de lo consagrado, han robado, han mentido, y lo han escondido entre sus cosas Josué 7:10-11. Por eso no pudieron sostenerse ante sus enemigos Josué 7:12.
El procedimiento es implacable. A la mañana siguiente, tribu por tribu, clan por clan, familia por familia, hombre por hombre, la suerte va cerrándose hasta señalar a Acán, hijo de Carmí, de la tribu de Judá Josué 7:16-18. Josué le dice: hijo mío, da gloria a Dios y confiesa Josué 7:19. Acán confiesa: vio entre el botín de Jericó un manto de Sinar, doscientos siclos de plata y un lingote de oro, y los tomó. Están enterrados bajo su tienda Josué 7:20-21.
Los encuentran donde dijo. Acán, sus hijos, sus hijas, su ganado, su tienda y todo lo que tenía son llevados al valle de Acor. Israel los apedrea y los quema Josué 7:24-25.
Solo entonces Dios vuelve a hablar para dar la estrategia contra Ai: esta vez con todo el ejército, una emboscada detrás de la ciudad, y permiso de quedarse con el botín y el ganado Josué 8:1-2. La segunda vez, Ai cae Josué 8:28.