Tras Ai, el relato se detiene en una ceremonia. Josué levanta un altar en el monte Ebal, de piedras sin labrar, en las que no se ha usado herramienta de hierro, tal como Moisés lo había mandado, y ofrece sobre él holocaustos y sacrificios de paz Josué 8:30-31. Allí mismo escribe sobre piedras una copia de la ley de Moisés Josué 8:32.
El pueblo se coloca en dos mitades, una frente al monte Gerizim y otra frente al Ebal, con el arca y los sacerdotes en medio Josué 8:33, y Josué lee en voz alta toda la ley, las bendiciones y las maldiciones, sin dejar fuera una palabra, ante toda la asamblea: hombres, mujeres, niños y los extranjeros que vivían con ellos Josué 8:34-35.
Es el cumplimiento de una orden dada en Moab: al entrar en la tierra, poner las bendiciones sobre el Gerizim y las maldiciones sobre el Ebal Deuteronomio 11:29, y levantar allí piedras con la ley escrita y un altar de piedra entera Deuteronomio 27:1-8. Los dos montes flanquean el valle de Siquem, el mismo lugar al que Josué volverá a reunir a Israel al final de su vida.