Antes de la primera batalla, ocurre un encuentro que el texto cuenta sin
explicar del todo. Josué, cerca de Jericó, levanta los ojos y ve a un hombre
con la espada desenvainada. Le pregunta de qué lado está, del de Israel o del
de sus enemigos. La respuesta es que de ninguno: viene como jefe del ejército
del Señor. Josué cae rostro a tierra Josué 5:13-14. El
desconocido le ordena quitarse las sandalias porque el lugar es santo
Josué 5:15, la misma orden que recibió Moisés ante la zarzaÉxodo 3:5.
La estrategia para Jericó no parece una estrategia. Dios la dicta: durante
seis días, todo el ejército rodeará la ciudad una vez al día. Siete sacerdotes
llevarán bocinas de cuerno delante del arca. El séptimo día darán siete
vueltas, los sacerdotes tocarán las bocinas, y cuando suene el toque largo,
el pueblo gritará Josué 6:2-5.
Josué obedece al pie de la letra. Seis días de procesión silenciosa: tiene
orden de que nadie hable ni grite hasta que él lo mande
Josué 6:10. Al séptimo día rodean la ciudad siete veces,
suenan las bocinas, Josué ordena el grito, y los muros de Jericó se desploman
Josué 6:20.
La ciudad cae bajo anatema: todo lo que respira es destruido —hombres,
mujeres, niños, bueyes, ovejas, asnos— Josué 6:21. El oro, la
plata, el bronce y el hierro pasan al tesoro de Dios
Josué 6:19. Solo Rahab y los suyos se salvan, como los espías
habían jurado Josué 6:22-23.