El texto lo presenta sin preámbulo. Los amalecitas atacan a Israel en Refidim Éxodo 17:8, todavía antes de llegar al Sinaí, y Moisés le dice a un hombre llamado Josué: elige hombres y sal a pelear Éxodo 17:9. No hay genealogía, no hay presentación, no hay explicación de por qué Moisés confía en él. La primera vez que aparece ya tiene una orden y un campo de batalla.
Josué pelea abajo mientras Moisés sostiene la vara en lo alto del collado Éxodo 17:10. Cuando Moisés levanta las manos, Israel prevalece; cuando las baja, prevalece Amalec Éxodo 17:11. Aarón y Hur le sostienen los brazos hasta la puesta del sol, y Josué derrota a Amalec a filo de espada Éxodo 17:12-13.
De ahí en adelante, cada vez que el texto lo menciona es al lado de Moisés. Cuando Moisés sube al Sinaí para recibir las tablas de la Ley, Josué lo acompaña como su servidor Éxodo 24:13. Es el mismo hombre que, al bajar, oye el estruendo del campamento y cree que es ruido de guerra Éxodo 32:17. No es guerra: es el becerro de oro. Moisés lo sabe; Josué, no.
El detalle que mejor define esta etapa viene en una línea suelta después de un episodio de la tienda del encuentro: Moisés hablaba con Dios cara a cara y luego volvía al campamento, pero su joven ayudante, Josué hijo de Nun, se quedaba en la tienda y no salía de ella Éxodo 33:11.
Ya en camino desde el Sinaí, un episodio pequeño lo muestra desde otro ángulo. Dios reparte sobre setenta ancianos parte del espíritu que había en Moisés, y dos de ellos, Eldad y Medad, que se habían quedado en el campamento, se ponen a profetizar allí Números 11:25-27. Josué, que servía a Moisés desde joven, le pide que se lo impida. Moisés le contesta con una pregunta: si tiene celos por él. Y añade que ojalá todo el pueblo fuera profeta y Dios pusiera su espíritu sobre todos Números 11:28-29. Es la única vez que el texto recoge a Josué corregido por su maestro, y lo que se corrige es precisamente su celo por la autoridad de Moisés.