En la Ley
Levítico narra el caso de un hombre, hijo de israelita y de egipcio, que en una pelea «blasfemó el Nombre, y maldijo». Lo detienen hasta saber qué hacer, y Dios dicta la ley: «el que blasfemare el nombre de Jehová, ha de ser muerto», sea extranjero o natural Levítico 24:10-16. El respeto por el Nombre llegó tan lejos que el judaísmo dejó de pronunciarlo y lo sustituyó al leer por «el Señor» (véase Jehová).
Jesús, acusado de blasfemia
Cuando Jesús dice a un paralítico «tus pecados te son perdonados», los escribas piensan: «Blasfemias dice. ¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?» Marcos 2:5-7. Para ellos, Jesús se atribuye una prerrogativa divina. La acusación vuelve al final: ante el Sanedrín, cuando el sumo sacerdote le pregunta si es el Cristo, Jesús responde «Yo soy» y habla del Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder; el sumo sacerdote rasga sus vestidos y todos lo condenan Marcos 14:61-64. Esteban es acusado de hablar «palabras blasfemas contra Moisés y contra Dios» Hechos 6:11-14.
La blasfemia contra el Espíritu
Jesús afirma que todos los pecados y blasfemias serán perdonados, «pero cualquiera que blasfeme contra el Espíritu Santo, no tiene jamás perdón». Marcos explica la ocasión: decían que Jesús tenía espíritu inmundo Marcos 3:28-30. Es decir, atribuían al demonio lo que Dios estaba haciendo.