En la Ley
El mandamiento es breve: «No cometerás adulterio» Éxodo 20:14. La pena era la muerte del hombre y de la mujer Levítico 20:10. En el mundo antiguo el adulterio no era solo un asunto privado: ponía en duda la paternidad de los hijos y, con ella, la herencia y la continuidad de la familia. La ley protegía al marido y al linaje, y la desigualdad es visible: el adulterio se definía por el estado civil de la mujer.
El pecado de David con Betsabé muestra hasta dónde podía llevar: adulterio, encubrimiento y asesinato de Urías. El profeta Natán le hace reconocer su culpa con una parábola, y David confiesa: «Pequé contra Jehová» 2 Samuel 12:7-13.
Imagen de la infidelidad a Dios
Los profetas describen la relación entre Dios e Israel como un matrimonio, y la idolatría como adulterio. Oseas lo vive en su propia casa con una esposa infiel, y Dios habla a través de ello: «Contended con vuestra madre… porque ella no es mi mujer, ni yo su marido» Oseas 2:2. Jesús llama a sus oponentes «generación mala y adúltera» en ese mismo sentido Mateo 12:39.
En el Nuevo Testamento
En el sermón del monte, Jesús lleva el mandamiento al deseo: «cualquiera que mira a una mujer para codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón» Mateo 5:27-28, y relaciona el adulterio con el divorcio. Hebreos pide que se honre el matrimonio: «a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios» Hebreos 13:4.
Ante la mujer sorprendida en adulterio, a quien quieren apedrear, Jesús responde: «El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella»; uno a uno se van, y él le dice: «Ni yo te condeno; vete, y no peques más» Juan 8:3-11.