Con la monarquía, la unción sale del santuario. Samuel toma una redoma de aceite y la derrama sobre la cabeza de Saúl, lo besa y le dice que Jehová lo ha ungido como príncipe 1 Samuel 10:1. Años después, Dios lo envía a Belén con su cuerno lleno de aceite; tras descartar a los hijos mayores de Isaí, unge al menor, David, en medio de sus hermanos, «y desde aquel día en adelante el Espíritu de Jehová vino sobre David» 1 Samuel 16:13. La unción y el Espíritu van juntos.
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Desde entonces, el rey es «el ungido de Jehová». David se niega a matar a Saúl cuando lo tiene a su merced en una cueva de En-gadi, precisamente por eso: «Jehová me guarde de hacer tal cosa contra mi señor, el ungido de Jehová» 1 Samuel 24:6.
El vínculo con el santuario se hace explícito en la sucesión de David. Para frustrar la maniobra de Adonías, el sacerdote Sadoc toma «el cuerno del aceite del tabernáculo» y unge a Salomón; tocan la trompeta y el pueblo grita «¡Viva el rey Salomón!» 1 Reyes 1:39. Más tarde, en el reino del norte, un discípulo de Eliseo unge a Jehú en secreto, en una habitación interior, y huye 2 Reyes 9:1-6.
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