Después de esas victorias, Abram escucha en visión: «no temas, yo soy tu escudo, y tu galardón será sobremanera grande» Génesis 15:1. Y él responde con la queja acumulada de años: ¿qué me darás, si sigo sin hijo, y el heredero de mi casa va a ser Eliezer de Damasco? Génesis 15:2-3. La promesa lleva tanto sin cumplirse que ya ha pensado en un plan B jurídico —adoptar al mayordomo—.
Dios lo saca fuera y le muestra las estrellas: así será tu descendencia Génesis 15:5. Y entonces viene el versículo que sostiene todo el edificio doctrinal de Pablo: «y creyó a Jehová, y le fue contado por justicia» Génesis 15:6.
Sigue una ceremonia densa: Dios le hace preparar animales, los parte en dos, Abram cae en un sueño profundo y una oscuridad terrible Génesis 15:9-12, y recibe la profecía dura: tus descendientes serán extranjeros en tierra ajena, serán esclavizados y afligidos cuatrocientos años, saldrán con gran riqueza Génesis 15:13-14. Luego pasa entre las mitades una antorcha y un horno humeante —imágenes de Dios— sellando el pacto solo, sin que Abram pase Génesis 15:17-18.
Diez años después de haber entrado en Canaán, Sarai sigue sin hijo. Toma a Agar, su sierva egipcia, y se la da a Abram por mujer para tener hijo por ella Génesis 16:1-3. Abram acepta sin discutir. Agar concibe y desprecia a su señora; Sarai la maltrata; Agar huye Génesis 16:4-6.
El ángel del Señor la encuentra junto a una fuente en el camino de Shur y le manda volver. Le anuncia un hijo, Ismael, y una descendencia que también será innumerable Génesis 16:7-12. Agar, sola y embarazada en el desierto, le pone a Dios un nombre —«tú eres el Dios que me ve» Génesis 16:13—: es la primera persona en la Escritura que le pone nombre a Dios. Abram tiene ochenta y seis años cuando nace Ismael Génesis 16:15-16.