Hubo hambre en la tierra —la primera de varias que atravesarán los patriarcas— y Abram bajó a Egipto Génesis 12:10. Antes de entrar, planeó con Sarai: «di que eres mi hermana, para que me vaya bien por tu causa y viva mi alma gracias a ti» Génesis 12:13. La lógica: si la ven bella, matarán al marido para tomarla; si la ven hermana, negociarán conmigo.
Los oficiales del Faraón alaban su belleza y la llevan al palacio Génesis 12:14-15. A Abram le va, en efecto, muy bien: recibe ovejas, vacas, asnos, siervos, siervas, asnas y camellos Génesis 12:16. Dios interviene golpeando al Faraón y su casa con plagas graves Génesis 12:17. Cuando el rey descubre el asunto, la escena se invierte: es un monarca pagano el que reprende al patriarca — «¿por qué me dijiste: es mi hermana, poniéndola yo por mujer para mí?» Génesis 12:18-19. Lo hace escoltar fuera con su mujer y con todo lo que tiene Génesis 12:20.