Trece años después —Abram tiene noventa y nueve, Ismael trece— Dios se le aparece otra vez para renombrar el pacto Génesis 17:1. Le cambia el nombre: ya no Abram —«padre enaltecido»— sino Abraham —«padre de muchedumbre de gentes»— Génesis 17:5. Le cambia el nombre a su mujer: Sarai pasa a Sara Génesis 17:15. Y le fija una marca en el cuerpo: la circuncisión como señal del pacto, en él, en Ismael y en todo varón de su casa, y en cada niño de ocho días de allí en adelante Génesis 17:9-14.
Cuando Dios le dice que Sara le dará un hijo, Abraham cae de bruces —de risa— y piensa lo evidente: él tiene cien años, ella noventa Génesis 17:17. Pide, como en negociación con lo posible: «ojalá Ismael viva delante de ti» Génesis 17:18. Dios responde a las dos cosas: Ismael será bendecido, pero el pacto pasará por Isaac, y a Isaac lo tendrá Sara el año que viene por este tiempo Génesis 17:19-21. Ese mismo día Abraham se circuncida a los noventa y nueve; Ismael a los trece Génesis 17:23-27.
Poco después, tres varones llegan al encinar de Mamre en pleno calor del día. Abraham los recibe con la hospitalidad reglada del desierto: agua para los pies, sombra, y lo mejor que tiene —un ternero tierno, pan recién amasado, mantequilla y leche— Génesis 18:1-8. Uno de ellos anuncia otra vez: por este tiempo Sara tendrá un hijo Génesis 18:10. Sara escucha desde la tienda y se ríe por dentro; el visitante la desmiente sin haberla oído: «¿hay algo difícil para Dios?» Génesis 18:12-14.
Los tres se levantan hacia Sodoma. Y entonces viene la escena que define a Abraham como intercesor: Dios decide contarle lo que va a hacer con la ciudad Génesis 18:17-21. Abraham entra en un regateo lento y respetuoso: ¿destruirás al justo con el impío? Si hay cincuenta justos, cuarenta y cinco, cuarenta, treinta, veinte, diez… Génesis 18:23-32. Se detiene en diez. Dios lo escucha hasta el final y se va. Sodoma no llegará ni a los diez justos: cae bajo fuego y solo Lot y sus hijas escapan «acordándose Dios de Abraham» Génesis 19:29.