El maná acompaña todo el viaje, y el pueblo termina cansado de él. Al poco de dejar el Sinaí, la gente extranjera que iba con Israel tiene un vivo deseo de carne, y los israelitas lloran con ellos: se acuerdan del pescado que comían en Egipto, de los pepinos, los melones, los puerros, las cebollas y los ajos, «y ahora nuestra alma se seca; pues nada sino este maná ven nuestros ojos» Números 11:4-6. La respuesta de Dios son las codornices, y con ellas una plaga Números 11:31-34.
Años después, mientras rodean la tierra de Edom, la queja vuelve con más dureza: no hay pan ni agua, «y nuestra alma tiene fastidio de este pan tan liviano» Números 21:5. Es el episodio de las serpientes, que termina con la serpiente de bronce.