Lo que dice la Ley
Levítico da criterios por grupos de animales Levítico 11:1-47:
- Animales de tierra: se pueden comer los que tienen pezuña hendida y rumian (buey, oveja, cabra, ciervo). No el camello, el conejo ni el cerdo, que cumplen solo una condición.
- Animales de agua: los que tienen aletas y escamas.
- Aves: una lista de prohibidas, sobre todo rapaces y carroñeras.
- Insectos: prohibidos, salvo ciertas langostas.
Deuteronomio repite la lista Deuteronomio 14:3-21. A todo ello se suma una norma más antigua, que la Biblia remonta a Noé Génesis 9:4: no comer la sangre, «porque la vida de la carne en la sangre está» Levítico 17:10-14. Y una frase repetida tres veces, «No guisarás el cabrito en la leche de su madre» Éxodo 23:19, de la que el judaísmo posterior derivó la separación de carne y leche.
Comer como identidad
En el exilio, las leyes alimentarias se convirtieron en señal de fidelidad. Daniel «propuso en su corazón no contaminarse con la porción de la comida del rey» y pidió legumbres y agua Daniel 1:8. En la época de los Macabeos, judíos que se negaron a comer cerdo fueron recordados como mártires.
En el Nuevo Testamento
Jesús cambia el centro de la cuestión: «Nada hay fuera del hombre que entre en él, que le pueda contaminar; pero lo que sale de él, eso es lo que contamina». Marcos añade un comentario: «Esto decía, haciendo limpios todos los alimentos» Marcos 7:14-19.
La consecuencia práctica tardó en asumirse. Pedro ve en Jope un lienzo con toda clase de animales y oye «mata y come»; se niega porque nunca ha comido «cosa común o inmunda», y la voz responde: «Lo que Dios limpió, no lo llames tú común» Hechos 10:9-16. La visión lo prepara para entrar en casa de Cornelio, un gentil. El concilio de Jerusalén pidió aun así a los gentiles abstenerse de sangre y de lo sacrificado a los ídolos. Pablo escribe: «nada es inmundo en sí mismo», pero pide no hacer tropezar con la comida al hermano de conciencia débil Romanos 14:14-15.