Absalón se rebela, y David divide su ejército en tres cuerpos, con Joab al frente de uno. Ante todo el pueblo, el rey da una orden: «Tratad benignamente por amor de mí al joven Absalón» 2 Samuel 18:1-5. En la batalla del bosque de Efraín, Absalón queda colgado por la cabeza de las ramas de una encina. Un soldado se lo cuenta a Joab y se niega a tocarlo: todos oyeron la orden del rey. Joab responde: «No malgastaré mi tiempo contigo», toma tres dardos y se los clava en el corazón; sus escuderos lo rematan 2 Samuel 18:9-15.
David llora sin consuelo, y la victoria se convierte en luto. Joab entra a hablar con el rey sin miramientos: «Hoy has avergonzado el rostro de todos tus siervos, que hoy han librado tu vida… amando a los que te aborrecen, y aborreciendo a los que te aman». Si no sale a hablarles, no quedará con él ni un hombre esa noche. David se levanta y se sienta a la puerta 2 Samuel 19:1-8.
Su papel dentro de la Biblia
Joab es el general sin el cual el reino de David no habría existido, y a la vez el hombre que muestra su lado oscuro. Por él pasan las grandes victorias, el crimen contra Urías, la muerte del hijo amado y las venganzas personales. Su final, con la orden de David a Salomón, deja una pregunta que el texto no responde del todo: si el rey castiga por fin una sangre injusta, o si se deshace de un hombre que sabía demasiado y había apostado por el heredero equivocado.