Muerta Sara, Abraham hace jurar a su siervo más antiguo que no tomará para Isaac una mujer de los cananeos, sino de su familia, en Mesopotamia, y que no llevará allá a su hijo Génesis 24:1-9. Junto al pozo de la ciudad de Nacor, el siervo pide a Dios una señal: la joven que le dé de beber a él y a sus camellos será la elegida. Llega Rebeca, hija de Betuel, sobrino de Abraham, y hace exactamente eso Génesis 24:10-27. Su hermano Labán y su familia aceptan, y Rebeca responde por sí misma: «Sí, iré» Génesis 24:50-58.
Isaac vive en el Neguev, junto al pozo del Viviente que me ve. Una tarde sale al campo a meditar, levanta los ojos y ve llegar los camellos; Rebeca se cubre con el velo. Isaac la lleva a la tienda de su madre Sara, la toma por mujer, «y la amó; y se consoló Isaac después de la muerte de su madre» Génesis 24:62-67. Ver Harán y el Neguev.
Su papel dentro de la Biblia
Isaac es el hijo de la promesa: el Génesis insiste en que la descendencia de Abraham seguirá por él y no por Ismael Génesis 21:12. Su vida no tiene grandes viajes ni grandes revelaciones, pero sin él no hay continuidad entre Abraham y Jacob. Por eso Dios se presenta muchas veces como «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» Éxodo 3:6, una fórmula que Jesús usará para hablar de la resurrección: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos Mateo 22:31-32.
Cómo lo recuerda el resto de la Biblia
Pablo lo usa para explicar quién es el verdadero Israel: no todos los descendientes de Abraham son sus hijos, sino que «en Isaac te será llamada descendencia», es decir, los hijos de la promesa Romanos 9:6-9. En Gálatas compara a Isaac, hijo de la libre, con Ismael, hijo de la esclava, como figuras de dos alianzas Gálatas 4:22-31. Hebreos y Santiago recuerdan el sacrificio del monte Moriah como ejemplo de fe y de obras Hebreos 11:17-20 Santiago 2:21.