Ya viejo y ciego, Isaac llama a Esaú y le pide que cace algo y le prepare un guiso para bendecirlo antes de morir Génesis 27:1-4. Rebeca, que lo oye, viste a Jacob con la ropa de Esaú, le cubre las manos y el cuello con pieles de cabrito y le da el guiso. Isaac duda: «La voz es la voz de Jacob, pero las manos, las manos de Esaú». Lo bendice con la abundancia de la tierra y el dominio sobre sus hermanos Génesis 27:15-29.
Cuando llega Esaú, Isaac se estremece con gran estremecimiento, pero no retira la bendición: «lo bendije, y será bendito». Esaú llora a gritos, y su padre solo puede darle una bendición menor: vivirá de su espada y servirá a su hermano, hasta que sacuda su yugo Génesis 27:30-40. Después, Isaac envía a Jacob a Padan-aram a buscar mujer en la familia de Rebeca, y lo bendice con la bendición de Abraham Génesis 28:1-5. Ver Jacob.
Su papel dentro de la Biblia
Isaac es el hijo de la promesa: el Génesis insiste en que la descendencia de Abraham seguirá por él y no por Ismael Génesis 21:12. Su vida no tiene grandes viajes ni grandes revelaciones, pero sin él no hay continuidad entre Abraham y Jacob. Por eso Dios se presenta muchas veces como «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob» Éxodo 3:6, una fórmula que Jesús usará para hablar de la resurrección: Dios no es Dios de muertos, sino de vivos Mateo 22:31-32.
Cómo lo recuerda el resto de la Biblia
Pablo lo usa para explicar quién es el verdadero Israel: no todos los descendientes de Abraham son sus hijos, sino que «en Isaac te será llamada descendencia», es decir, los hijos de la promesa Romanos 9:6-9. En Gálatas compara a Isaac, hijo de la libre, con Ismael, hijo de la esclava, como figuras de dos alianzas Gálatas 4:22-31. Hebreos y Santiago recuerdan el sacrificio del monte Moriah como ejemplo de fe y de obras Hebreos 11:17-20 Santiago 2:21.