El episodio del Sinaí quedó como el ejemplo por excelencia de la infidelidad del pueblo. El salmo lo resume así: «Hicieron becerro en Horeb… Así cambiaron su gloria por la imagen de un buey que come hierba», y recuerda que Moisés se interpuso para que Dios no los destruyera Salmos 106:19-23. En su gran oración de confesión, los levitas del tiempo de Nehemías lo ponen en el centro de la historia: aun cuando hicieron el becerro, Dios no los abandonó en el desierto Nehemías 9:18-19.
En el Nuevo Testamento, Esteban lo recuerda ante el sanedrín como el momento en que los padres «en sus corazones se volvieron a Egipto» Hechos 7:39-41, y Pablo cita la escena de la fiesta como advertencia a los corintios: «Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar» 1 Corintios 10:7. Ver Esteban.
Lo que el texto permite afirmar y lo que no
El texto dice que el becerro del Sinaí era de oro fundido, hecho con zarcillos, y que se le dedicó un altar y una fiesta. No dice su tamaño, ni si era macizo o recubierto, ni qué aspecto exacto tenía. De los de Jeroboam solo dice que eran de oro. La forma de toro joven está asegurada por la palabra; el resto de cualquier reconstrucción procede de las figuras de toros halladas en la región, que sirven de comparación, no de prueba.