Vivir en cabañas
Es la última de las tres fiestas de peregrinación, cuando se ha recogido el fruto de las eras y de los lagares Deuteronomio 16:13-15. Su rito más característico es insólito: durante siete días, todo israelita nativo debe dejar su casa y habitar en una cabaña hecha con ramas de palmera, de árbol frondoso y de sauces de los arroyos. Levítico explica el porqué: «para que sepan vuestros descendientes que en tabernáculos hice yo habitar a los hijos de Israel cuando los saqué de la tierra de Egipto» Levítico 23:33-43.
La fiesta recuerda así, en plena abundancia, el tiempo del desierto: cuando el granero está lleno, Israel vuelve a vivir una semana como peregrino.
La más alegre del año
Deuteronomio insiste en la alegría: «te alegrarás en tus fiestas, tú, tu hijo, tu hija, tu siervo, tu sierva, y el levita, el extranjero, el huérfano y la viuda», y añade «y estarás verdaderamente alegre» Deuteronomio 16:13-15. Cada siete años, en esta fiesta, debía leerse toda la Ley ante el pueblo reunido, hombres, mujeres, niños y extranjeros Deuteronomio 31:10-13.
Es la fiesta que Salomón elige para dedicar el templo, en el mes de Etanim, que es el séptimo 1 Reyes 8:2. Y es la que el pueblo recupera a la vuelta del exilio: al leer la Ley, descubre que debía habitar en cabañas, sale al monte a traer ramas y las levanta en los terrados, en los patios y en las plazas; «desde los días de Josué hijo de Nun hasta aquel día, no habían hecho así los hijos de Israel» Nehemías 8:14-17.
Una fiesta para las naciones
Zacarías imagina el final de la historia como una gran fiesta de los Tabernáculos: los sobrevivientes de todas las naciones subirán cada año a Jerusalén a adorar al Rey y a celebrarla Zacarías 14:16. La fiesta de la cosecha se convierte en imagen de la cosecha final de los pueblos.
En el Nuevo Testamento
El Evangelio de Juan sitúa en esta fiesta una de las grandes escenas de Jesús. Sube a Jerusalén en secreto «cuando se acercaba la fiesta de los judíos, la de los tabernáculos» Juan 7:2, y en el último día, el más solemne, se pone en pie y grita: «Si alguno tiene sed, venga a mí y beba… de su interior correrán ríos de agua viva» Juan 7:37-38. Poco después dice: «Yo soy la luz del mundo» Juan 8:12.