El altar era el centro de trabajo del patio. En él se quemaba el holocausto, la víctima entera, y las partes de grasa de las demás ofrendas; y sobre él se derramaba o se untaba la sangre. En el holocausto, los sacerdotes rociaban la sangre alrededor del altar Levítico 1:5; en el sacrificio por el pecado de un jefe o de una persona del pueblo, la untaban en sus cuernos y derramaban el resto al pie Levítico 4:25Levítico 4:30.
Cada día se ofrecían dos corderos, uno por la mañana y otro al caer la tarde Éxodo 29:38-42. Y el fuego no debía apagarse nunca: el sacerdote lo alimentaba con leña cada mañana, retiraba la ceniza vestido de lino y la sacaba fuera del campamento a un lugar limpio. «El fuego arderá continuamente en el altar; no se apagará» Levítico 6:8-13.
El origen de ese fuego es parte del relato. En la inauguración del culto, cuando Aarón termina de ofrecer los primeros sacrificios, sale fuego de delante de Jehová y consume el holocausto y las grasas sobre el altar, y el pueblo grita y cae sobre su rostro Levítico 9:24. Justo a continuación, los hijos de Aarón, Nadab y Abiú, ofrecen ante Jehová un «fuego extraño» que él no les había mandado, y mueren Levítico 10:1-2. Ver fuego extraño.
Obra de arte