En castellano decimos «tabernáculo» y con esa palabra abarcamos todo: el patio, la tienda, los muebles. El hebreo usa dos nombres, y no los mezcla al azar.
El primero es מִשְׁכָּן miškān, «morada», de la raíz škn, que es la de acampar y no la de asentarse para siempre. Nombra literalmente las diez cortinas de lino con querubines bordados que forman la vivienda Éxodo 26:1, y por extensión el edificio entero. La palabra se elige, y el encargo la explica: que le hagan un santuario para habitar en medio de ellos Éxodo 25:8, y lo repite al cerrar las instrucciones Éxodo 29:45.
El segundo es אֹהֶל מוֹעֵד ʾōhel môʿēd, «tienda de reunión». No se llama así porque el pueblo se reúna dentro —no cabía ni entraba—, sino porque allí hay una cita concertada: el propio texto la define cuando dice que en ese lugar se reunirá con ellos para hablarles Éxodo 29:42-43. Môʿēd es el tiempo o el lugar señalado de antemano, la misma palabra que nombra las fiestas del calendario.
Y hay un tercero, más técnico: «tabernáculo del testimonio» Éxodo 38:21, por el documento del pacto que se guardaba dentro Números 1:50.
Cómo se pidió el material y cómo se construyó se cuenta aparte, en el relato Una tienda en medio del campamento. Esta ficha mira la pieza terminada: cómo era, para qué servía, quién entraba en ella y adónde fue a parar.