Diez años después de llegar a Canaán, Sarai sigue sin hijos. Tiene una esclava egipcia llamada Agar, y le propone a Abram: Jehová me ha hecho estéril; te ruego que te llegues a mi sierva, «quizá tendré hijos de ella». Abram acepta Génesis 16:1-3.
Agar concibe, y empieza a mirar con desprecio a su señora. Sarai se lo echa en cara a su marido: «Mi afrenta sea sobre ti… juzgue Jehová entre tú y yo». Abram le responde que la sierva está en su mano, y Sarai la trata con tanta dureza que Agar huye al desierto Génesis 16:4-6. Allí un ángel la encuentra y le manda volver; nacerá Ismael Génesis 16:7-15.
Su papel dentro de la Biblia
Sara es la madre de la promesa. Toda la historia de Abraham gira en torno a un hijo que Dios promete y que ella no puede dar, y el Génesis cuenta con franqueza sus reacciones: la solución de Agar, la dureza con su esclava, la risa incrédula, la negación y la alegría. Isaías la nombra junto a Abraham como raíz del pueblo: «Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz» Isaías 51:2.
Cómo la recuerdan después
El Nuevo Testamento la recuerda desde ángulos distintos. Pablo habla de «la esterilidad de la matriz de Sara» para subrayar que Abraham creyó contra toda esperanza Romanos 4:18-19, y en la carta a los Gálatas usa la historia de las dos mujeres de Abraham, la esclava y la libre, como alegoría de dos pactos Gálatas 4:22-26. La carta a los Hebreos la incluye entre los ejemplos de fe: «por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir» Hebreos 11:11. La primera carta de Pedro la propone como modelo a las mujeres casadas, porque «obedecía a Abraham, llamándole señor» 1 Pedro 3:6, la misma palabra que Sara había usado en la tienda.