«Visitó Jehová a Sara, como había dicho», y Sara concibe y da a luz un hijo a Abraham en su vejez, en el tiempo anunciado Génesis 21:1-2. Abraham lo llama Isaac y lo circuncida a los ocho días; tiene cien años Génesis 21:3-5. Sara, que se había reído con incredulidad, convierte la risa en otra cosa: «Dios me ha hecho reír, y cualquiera que lo oyere, se reirá conmigo. ¿Quién dijera a Abraham que Sara habría de dar de mamar a hijos?» Génesis 21:6-7. Ver Isaac.
Su papel dentro de la Biblia
Sara es la madre de la promesa. Toda la historia de Abraham gira en torno a un hijo que Dios promete y que ella no puede dar, y el Génesis cuenta con franqueza sus reacciones: la solución de Agar, la dureza con su esclava, la risa incrédula, la negación y la alegría. Isaías la nombra junto a Abraham como raíz del pueblo: «Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz» Isaías 51:2.
Cómo la recuerdan después
El Nuevo Testamento la recuerda desde ángulos distintos. Pablo habla de «la esterilidad de la matriz de Sara» para subrayar que Abraham creyó contra toda esperanza Romanos 4:18-19, y en la carta a los Gálatas usa la historia de las dos mujeres de Abraham, la esclava y la libre, como alegoría de dos pactos Gálatas 4:22-26. La carta a los Hebreos la incluye entre los ejemplos de fe: «por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir» Hebreos 11:11. La primera carta de Pedro la propone como modelo a las mujeres casadas, porque «obedecía a Abraham, llamándole señor» 1 Pedro 3:6, la misma palabra que Sara había usado en la tienda.