Sara muere a los ciento veintisiete años en Quiriat-arba, que es Hebrón, y Abraham llora por ella Génesis 23:1-2. No tiene dónde enterrarla: es extranjero y forastero entre los heteos. Les pide una sepultura en propiedad, y tras una negociación cortés y minuciosa compra a Efrón la cueva de Macpela, con el campo y sus árboles, por cuatrocientos siclos de plata, ante testigos Génesis 23:3-18. Allí sepulta a Sara Génesis 23:19-20.
Su papel dentro de la Biblia
Sara es la madre de la promesa. Toda la historia de Abraham gira en torno a un hijo que Dios promete y que ella no puede dar, y el Génesis cuenta con franqueza sus reacciones: la solución de Agar, la dureza con su esclava, la risa incrédula, la negación y la alegría. Isaías la nombra junto a Abraham como raíz del pueblo: «Mirad a Abraham vuestro padre, y a Sara que os dio a luz» Isaías 51:2.
Cómo la recuerdan después
El Nuevo Testamento la recuerda desde ángulos distintos. Pablo habla de «la esterilidad de la matriz de Sara» para subrayar que Abraham creyó contra toda esperanza Romanos 4:18-19, y en la carta a los Gálatas usa la historia de las dos mujeres de Abraham, la esclava y la libre, como alegoría de dos pactos Gálatas 4:22-26. La carta a los Hebreos la incluye entre los ejemplos de fe: «por la fe también la misma Sara, siendo estéril, recibió fuerza para concebir» Hebreos 11:11. La primera carta de Pedro la propone como modelo a las mujeres casadas, porque «obedecía a Abraham, llamándole señor» 1 Pedro 3:6, la misma palabra que Sara había usado en la tienda.