Antes de Cesarea hay dos viajes que preparan el terreno. Cuando llega a Jerusalén la noticia de que en Samaria han recibido el mensaje, envían a Pedro y a Juan a verificarlo Hechos 8:14, y allí Pedro se enfrenta a un tal Simón que pretende comprar con dinero la facultad de imponer las manos Hechos 8:18-23. Después recorre las comunidades de la llanura costera: sana a Eneas en Lida Hechos 9:32-35 y levanta a Tabita en Jope Hechos 9:36-42, donde se queda muchos días en casa de Simón, un curtidor Hechos 9:43.
En la azotea, con hambre y mientras preparan la comida, ve un lienzo que baja del cielo lleno de toda clase de animales y oye una orden: mata y come Hechos 10:9-13. Su respuesta es la de un judío observante —nunca ha comido nada impuro— y la réplica es que no llame él común a lo que Dios ha limpiado; la escena se repite tres veces Hechos 10:14-16. Mientras está dándole vueltas, llaman a la puerta tres hombres enviados desde Cesarea por un centurión llamado Cornelio, a quien el relato presenta como piadoso, temeroso de Dios y limosnero Hechos 10:1-8, Hechos 10:17-20.
En Cesarea, Pedro empieza su discurso con una conclusión que no es doctrinal sino práctica: comprende que Dios no hace acepción de personas y que en toda nación le es acepto el que le teme y hace justicia Hechos 10:34-35. Mientras habla, el Espíritu Santo cae sobre los oyentes gentiles, para asombro de los judíos que lo acompañaban, y Pedro pregunta si alguien puede negar el agua del bautismo a quienes han recibido el Espíritu igual que ellos Hechos 10:44-47. El orden de los hechos importa: primero ocurre, después se autoriza.
De vuelta en Jerusalén tiene que dar explicaciones ante los creyentes de origen judío, y su defensa consiste en contar lo sucedido de principio a fin y preguntar quién era él para estorbar a Dios Hechos 11:4-17. La respuesta del grupo es callar y glorificar a Dios Hechos 11:18. Ese silencio es probablemente el momento más consecuente de su vida: la comunidad acepta un precedente que ya no podrá deshacer.