Las cuatro listas de los doce que conserva el Nuevo Testamento están ordenadas de maneras distintas, y en las cuatro su nombre encabeza; Mateo lo hace explícito al escribir «primero, Simón, llamado Pedro» Mateo 10:2, Marcos 3:16-19, Lucas 6:14-16, Hechos 1:13. Dentro del grupo hay además un círculo más estrecho de tres —Pedro, Santiago y Juan— que entra donde los demás se quedan fuera: en la habitación de la hija de Jairo Marcos 5:37, en el monte de la transfiguración Marcos 9:2 y en la parte del huerto donde Jesús se aparta a orar Marcos 14:33.
La escena del lago es la más conocida de su temeridad. La barca va contra el viento de madrugada, los discípulos ven a alguien caminando sobre el agua y se asustan; Pedro pide que le ordene ir hasta él sobre las aguas, camina unos pasos, mira el viento, empieza a hundirse y grita pidiendo auxilio Mateo 14:28-31. La respuesta que recibe —«hombre de poca fe, ¿por qué dudaste?»— es la misma mezcla de concesión y reproche que acompaña casi todas sus apariciones.
El mismo patrón se repite en los momentos más solemnes. En el monte, mientras los otros callan, propone levantar tres enramadas, y el narrador añade sin piedad que no sabía lo que decía porque estaban espantados Marcos 9:5-6. Cuando muchos discípulos abandonan a Jesús y él pregunta a los doce si también quieren irse, es Pedro quien responde con la frase que resume su posición: «¿a quién iremos?» Juan 6:67-69. Y en la última cena, cuando Jesús se dispone a lavarle los pies, primero se niega en redondo y, al oír la respuesta, pide que le lave también las manos y la cabeza Juan 13:6-9. Nunca se queda a medias en ninguna dirección.