La historia empieza con un muchacho de diecisiete años que pastorea junto a los hijos de las criadas de su padre y vuelve a casa con malos informes sobre ellos Génesis 37:2. El relato no aclara si los informes eran ciertos; se limita a decir que los llevaba.
Jacob no disimulaba: quería a José más que a todos sus hijos, porque lo había tenido en la vejez, y se lo demostró con una túnica Génesis 37:3. El texto es directo sobre la consecuencia: los hermanos vieron que su padre lo prefería y no podían hablarle con paz Génesis 37:4. El conflicto no nace de los sueños; nace del favoritismo de un padre.
Entonces llegan los sueños. En el primero, las gavillas de sus hermanos rodean la suya y se inclinan Génesis 37:7. En el segundo, el sol, la luna y once estrellas hacen lo mismo Génesis 37:9. José los cuenta. Los dos. En voz alta.
La reacción de la familia está registrada con precisión: los hermanos lo odiaron todavía más Génesis 37:8, y hasta su padre lo reprendió preguntando si acaso iban a inclinarse ante él su madre y sus hermanos Génesis 37:10. Pero el mismo versículo añade un detalle que lo cambia todo: Jacob guardó el asunto Génesis 37:11. Reprendió en público y se quedó pensando en privado.