José no aguanta más. Manda salir a todos los egipcios y se da a conocer a solas, llorando tan fuerte que lo oyen desde la casa del faraón Génesis 45:1-2.
Lo que dice no suaviza nada: soy José, vuestro hermano, el que vendisteis para Egipto Génesis 45:4. Nombra el hecho con el verbo exacto y con ellos como sujeto. El perdón del relato no empieza negando el daño.
Y a continuación lo reencuadra: que no les pese ni se enojen consigo mismos, porque Dios lo envió delante de ellos para preservarles la vida Génesis 45:5. Lo repite tres veces en pocos versículos: no lo enviaron ellos, lo envió Dios Génesis 45:7-8. No dice que lo que hicieron estuviera bien; dice que no tuvo la última palabra.
Manda traer a su padre y les da provisiones para el viaje. A Benjamín le entrega trescientas piezas de plata y cinco mudas de ropa Génesis 45:22 — quince veces lo que costó él. Y al despedirlos les suelta una frase muy práctica: que no riñan por el camino Génesis 45:24. Sabe perfectamente a qué van a dedicar el viaje de vuelta.
Cuando le dicen a Jacob que José vive, su corazón se queda frío, porque no les cree Génesis 45:26. Solo cambia al ver los carros Génesis 45:27.