Nace Isaac. El día de su destete, Sara ve al hijo de la egipcia riéndose —el verbo hebreo juega con el nombre de Isaac, «él ríe»— y le pide a Abraham que eche a la esclava y a su hijo, porque no heredará con Isaac. A Abraham le duele, porque es su hijo, pero Dios le pide que haga caso a Sara y le repite la promesa: del hijo de la esclava también hará una nación, «porque es tu descendiente» Génesis 21:8-13.
En el desierto de Beerseba se acaba el agua. Agar lo deja bajo un arbusto para no verlo morir, y Dios oye la voz del muchacho: el nombre de Ismael se cumple. El ángel de Dios le dice a Agar que lo levante, porque hará de él una gran nación, y Dios le muestra un pozo Génesis 21:14-19. Ver Beerseba.
Dios está con el muchacho. Crece en el desierto, se hace tirador de arco y vive en el desierto de Parán; su madre le busca una mujer de Egipto Génesis 21:20-21. Ver desierto de Parán.
Su papel dentro de la Biblia
Ismael es el hijo de Abraham que no hereda la alianza, y el Génesis no lo trata como un rival: Dios lo bendice, oye su voz, lo salva y cumple con él cada promesa que hace. El libro organiza así la familia de Abraham en dos ramas, la de la alianza, por Isaac, y la de los pueblos del desierto, por Ismael; el mismo esquema se repite después con Jacob y Esaú. Crónicas lo nombra todavía, al principio de las genealogías de Israel, junto a Isaac como «hijos de Abraham» 1 Crónicas 1:28-31. Ver los ismaelitas.
Sus descendientes, los ismaelitas, son los mercaderes que suben de Galaad con sus camellos hacia Egipto, a los que es vendido José Génesis 37:25-28. Ver José.
Cómo lo recuerdan después
Pablo habla de él sin nombrarlo en la carta a los Gálatas: «el de la esclava», nacido «según la carne», frente a Isaac, el hijo de la promesa. Lee la historia como una alegoría de dos alianzas, y la risa de Ismael como persecución Gálatas 4:22-30.