Esaú ve que su padre bendice a Jacob y lo envía a Padan-aram con la orden de no tomar mujer de las cananeas. Entiende que sus mujeres desagradan a Isaac, y va a Ismael, el hermano de su padre, y toma por mujer a Mahalat, hija de Ismael, además de las que ya tenía Génesis 28:6-9. Es un gesto pequeño que el narrador recoge sin comentario: el hijo rechazado intenta, tarde, hacer lo que agrada a su padre. Ver los ismaelitas.
Su papel dentro de la Biblia
Esaú es la otra mitad de la historia de Jacob. A través de él, el Génesis explica por qué Israel y Edom, pueblos hermanos, vivieron siglos de rivalidad: la primogenitura vendida, la bendición perdida, la amenaza de muerte y el reencuentro. La Biblia no lo convierte en un villano. Le da lágrimas, generosidad y una descendencia numerosa con reyes propios, y la ley de Israel lo recuerda como hermano: Israel no debía conquistar Seir, que Dios había dado a Esaú Deuteronomio 2:4-5, y «no aborrecerás al edomita, porque es tu hermano» Deuteronomio 23:7.
Cómo lo recuerdan después
La rivalidad entre los dos pueblos se agrava con el tiempo. Cuando Edom se alegra de la caída de Jerusalén y se suma al saqueo, el profeta Abdías lo acusa «por la injuria a tu hermano Jacob» Abdías 1:10-11. Malaquías abre su libro con una frase que hará historia: «Amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» Malaquías 1:2-3. Ver Abdías y Malaquías.
En el Nuevo Testamento, Pablo cita esa frase junto con el oráculo de Rebeca para explicar que la elección de Dios no depende de las obras, porque fue anunciada antes de que los gemelos hicieran bien o mal Romanos 9:10-13. La carta a los Hebreos lo pone como advertencia: que nadie sea profano como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura y después, aunque buscó la bendición con lágrimas, no halló oportunidad de cambiarla Hebreos 12:16-17. La misma carta recuerda que Isaac bendijo por la fe a Jacob y a Esaú Hebreos 11:20.