Veinte años después, Jacob vuelve de Harán. Envía mensajeros a Esaú, que vive en la tierra de Seir, en el campo de Edom, con un mensaje humilde: llama a Esaú «mi señor» y a sí mismo «tu siervo». Los mensajeros vuelven con una noticia que lo aterra: Esaú viene a su encuentro con cuatrocientos hombres Génesis 32:3-7. Jacob divide su campamento, ruega a Dios y envía delante de él rebaños enteros como regalo, para aplacar a su hermano Génesis 32:7-20.
Cuando Jacob se acerca inclinándose siete veces hasta el suelo, Esaú corre a su encuentro, lo abraza, se echa sobre su cuello y lo besa, y los dos lloran Génesis 33:3-4. Pregunta quiénes son las mujeres y los niños, y por qué tantos rebaños. Rechaza el regalo: «Suficiente tengo yo, hermano mío; sea para ti lo que es tuyo». Jacob insiste —«he visto tu rostro, como si hubiera visto el rostro de Dios»— y Esaú acepta Génesis 33:5-11.
Esaú ofrece acompañarlo, o dejarle a algunos de sus hombres. Jacob lo rechaza con amabilidad y promete seguirlo despacio hasta Seir. Esaú vuelve ese mismo día a Seir; Jacob, en cambio, se va a Sucot Génesis 33:12-17. Ver Peniel.
Su papel dentro de la Biblia
Esaú es la otra mitad de la historia de Jacob. A través de él, el Génesis explica por qué Israel y Edom, pueblos hermanos, vivieron siglos de rivalidad: la primogenitura vendida, la bendición perdida, la amenaza de muerte y el reencuentro. La Biblia no lo convierte en un villano. Le da lágrimas, generosidad y una descendencia numerosa con reyes propios, y la ley de Israel lo recuerda como hermano: Israel no debía conquistar Seir, que Dios había dado a Esaú Deuteronomio 2:4-5, y «no aborrecerás al edomita, porque es tu hermano» Deuteronomio 23:7.
Cómo lo recuerdan después
La rivalidad entre los dos pueblos se agrava con el tiempo. Cuando Edom se alegra de la caída de Jerusalén y se suma al saqueo, el profeta Abdías lo acusa «por la injuria a tu hermano Jacob» Abdías 1:10-11. Malaquías abre su libro con una frase que hará historia: «Amé a Jacob, y a Esaú aborrecí» Malaquías 1:2-3. Ver Abdías y Malaquías.
En el Nuevo Testamento, Pablo cita esa frase junto con el oráculo de Rebeca para explicar que la elección de Dios no depende de las obras, porque fue anunciada antes de que los gemelos hicieran bien o mal Romanos 9:10-13. La carta a los Hebreos lo pone como advertencia: que nadie sea profano como Esaú, que por una comida vendió su primogenitura y después, aunque buscó la bendición con lágrimas, no halló oportunidad de cambiarla Hebreos 12:16-17. La misma carta recuerda que Isaac bendijo por la fe a Jacob y a Esaú Hebreos 11:20.