Un imperio dividido en provincias
El Imperio persa, fundado por Ciro el Grande, se extendía desde la India hasta Egipto y Asia Menor. Para gobernarlo, los reyes persas lo dividieron en grandes provincias, las satrapías, con un sátrapa al frente de cada una. Por debajo había gobernadores de distritos más pequeños. Los decretos del rey se traducían a la lengua de cada pueblo y se enviaban por correos a todo el imperio.
Ester describe esa administración cuando se envía el decreto de Amán: se escribe «a los sátrapas del rey, a los capitanes que estaban sobre cada provincia y a los príncipes de cada pueblo», a cada provincia «según su escritura» y a cada pueblo «según su lengua» Ester 3:12. El segundo decreto, el que permite a los judíos defenderse, sigue el mismo camino «a las ciento veintisiete provincias que había desde la India hasta Etiopía» Ester 8:9.
Daniel entre los sátrapas
En el libro de Daniel, el rey Darío pone sobre su reino ciento veinte sátrapas, y sobre ellos a tres gobernadores, entre ellos Daniel. Como Daniel destacaba sobre todos, los sátrapas buscan algo de qué acusarlo y, al no encontrar falta en su trabajo, deciden atacarlo por su fe: convencen al rey de prohibir durante treinta días cualquier petición que no se dirija a él Daniel 6:1-9. Daniel sigue orando tres veces al día, y es arrojado al foso de los leones.
Judá en la satrapía «del otro lado del río»
Para los persas, la tierra de Judá estaba en la satrapía «del otro lado del río», es decir, al oeste del Éufrates. Por eso los libros de Esdras y Nehemías hablan de sus autoridades. Cuando se reconstruye el templo, Tatnai, gobernador «del otro lado del río», viene a preguntar quién ha dado permiso Esdras 5:3. Y Esdras, al llegar a Jerusalén con las cartas del rey, las entrega «a los sátrapas del rey y a los capitanes del otro lado del río, los cuales ayudaron al pueblo y a la casa de Dios» Esdras 8:36.