Al final de su vida, Moisés bendice a la tribu de José deseándole lo mejor de la tierra «y la gracia del que habitó en la
zarza» Deuteronomio 33:13-16. Es la única vez que el Antiguo Testamento vuelve a mencionarla: el Dios de
Israel es, para Moisés, el que se le mostró allí.
Siglos después, los saduceos, que no creían en la resurrección, ponen a Jesús una pregunta para ridiculizarla. Jesús les
responde con este pasaje: «¿no habéis leído en el libro de Moisés cómo le habló Dios en la zarza, diciendo: Yo soy el Dios
de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? Dios no es Dios de muertos, sino Dios de vivos»
Marcos 12:26-27. Lucas lo formula así: «aun Moisés lo enseñó en el pasaje de la zarza»
Lucas 20:37-38. Ver Jesús, los saduceos y
resurrección.
Esteban, ante el sanedrín, recuerda la escena con detalle: el ángel en la llama de fuego de una zarza, en el desierto del
monte Sinaí, la voz del Señor, el temblor de Moisés y la orden de descalzarse; y subraya que el Moisés al que el pueblo
había rechazado fue enviado como libertador «por mano del ángel que se le apareció en la zarza»
Hechos 7:30-35. Ver Esteban.
Lo que el texto permite afirmar y lo que no
El texto dice que era una sᵉneh, un arbusto, que ardía sin consumirse y que estaba en el Horeb. No dice qué planta era,
ni su tamaño, ni dónde estaba exactamente el monte, ni que el arbusto se conservara. Todo lo que se añade —la especie, el
lugar, la planta que hoy se enseña— procede de la tradición o de la investigación, no del relato.