Jacob llega a la tierra de los orientales y encuentra un pozo en el campo, tapado con una gran piedra, donde los pastores esperan a juntar todos los rebaños para abrevarlos. Pregunta por Labán, y le dicen que su hija Raquel viene con las ovejas, porque ella era la pastora Génesis 29:1-9. Al verla, Jacob remueve él solo la piedra, da de beber al rebaño de su tío, besa a Raquel y llora Génesis 29:10-12.
Raquel es «de lindo semblante y hermoso parecer», y Jacob la ama. Se ofrece a servir siete años por ella, «y le parecieron como pocos días, porque la amaba» Génesis 29:17-20. Pero la noche de la boda Labán le da a su hija mayor, Lea, y Jacob tiene que trabajar otros siete años por Raquel Génesis 29:23-28. Ver Lea y Harán.
Raquel llora por sus hijos
Raquel muere en el Génesis, pero su figura vuelve. Jeremías la imagina llorando en Ramá por sus hijos desterrados, sin querer ser consolada —el capítulo habla enseguida de Efraín, la tribu de su nieto—; Dios le responde que hay esperanza y que volverán Jeremías 31:15-17. Mateo aplica el mismo versículo al llanto de las madres de Belén por la matanza de Herodes Mateo 2:16-18. Y en el libro de Rut, los ancianos de Belén la nombran junto a Lea como fundadoras de la casa de Israel Rut 4:11.