En una visión, el profeta Ezequiel es llevado al templo de Jerusalén y ve, en una cámara oculta, las paredes cubiertas de figuras de reptiles, bestias abominables e ídolos. Delante de ellas están setenta de los ancianos de Israel, con Jaazanías hijo de Safán en medio, «cada uno con su incensario en su mano; y subía una nube espesa de incienso» Ezequiel 8:10-11. Dios explica al profeta lo que hacen a oscuras: dicen que Jehová no los ve, que ha abandonado la tierra Ezequiel 8:12.
El incensario, que la Ley reservaba a los sacerdotes y al culto de Jehová, está aquí en manos de los ancianos y al servicio de imágenes.