«Los hijos de Elí eran hombres impíos, y no tenían conocimiento de Jehová» 1 Samuel 2:12. Cuando alguien ofrece un sacrificio, el criado del sacerdote mete un garfio de tres dientes en la olla y se lleva lo que saque; antes de quemar la grasa, que correspondía a Dios, exige carne cruda para el sacerdote, y si el que sacrifica se resiste, se la lleva por la fuerza. «Era, pues, muy grande delante de Jehová el pecado de los jóvenes», porque hacían que la gente menospreciara las ofrendas 1 Samuel 2:13-17.
Elí es ya muy viejo. Se entera de lo que hacen sus hijos con todo Israel y de que se acuestan con las mujeres que sirven a la entrada del tabernáculo. Los reprende: «Si pecare el hombre contra el hombre, los jueces le juzgarán; mas si alguno pecare contra Jehová, ¿quién rogará por él?». Pero ellos no escuchan la voz de su padre 1 Samuel 2:22-25. En contraste, el joven Samuel va creciendo y es acepto delante de Dios y de los hombres 1 Samuel 2:26.
Su papel dentro de la Biblia
Elí es la figura de transición entre los jueces y la monarquía. Con él termina el santuario de Silo como centro de Israel y empieza la historia de Samuel, el profeta que ungirá a los dos primeros reyes. Su caída muestra la idea que recorre los libros de Samuel: Dios aparta a los que se sirven de lo sagrado y levanta a otros. Siglos después, Jeremías recordará la ruina de Silo como advertencia para el templo de Jerusalén Jeremías 7:12-14.
La sentencia contra su casa se cumple en varias etapas: la muerte de sus hijos, la matanza de los sacerdotes de Nob, que eran muy probablemente descendientes suyos 1 Samuel 22:11-19, y la destitución de Abiatar, el único que escapó, cuando Salomón lo expulsa del sacerdocio 1 Reyes 2:26-27. El linaje de Elí aparece en el texto en una línea: Ahías, sacerdote en tiempos de Saúl, era hijo de Ahitob, hermano de Icabod, hijo de Finees, hijo de Elí 1 Samuel 14:3.