En aquellos días la palabra de Jehová escaseaba y no había visión con frecuencia. Una noche, cuando los ojos de Elí ya empiezan a oscurecerse y la lámpara de Dios todavía no se ha apagado, Samuel oye que lo llaman y corre a Elí: «Heme aquí; ¿para qué me llamaste?». Elí no lo ha llamado 1 Samuel 3:1-5. Ocurre tres veces, y a la tercera Elí entiende que es Jehová quien llama al muchacho, y le enseña la respuesta: «Habla, Jehová, porque tu siervo oye» 1 Samuel 3:6-10.
Lo que Samuel oye es la sentencia contra Elí: Dios juzgará su casa para siempre, porque sus hijos han blasfemado a Dios «y él no los ha estorbado» 1 Samuel 3:11-14. Por la mañana, Samuel teme contarlo. Elí le hace jurar que no le oculte nada, y al oírlo responde: «Jehová es; haga lo que bien le pareciere» 1 Samuel 3:15-18.
Su papel dentro de la Biblia
Elí es la figura de transición entre los jueces y la monarquía. Con él termina el santuario de Silo como centro de Israel y empieza la historia de Samuel, el profeta que ungirá a los dos primeros reyes. Su caída muestra la idea que recorre los libros de Samuel: Dios aparta a los que se sirven de lo sagrado y levanta a otros. Siglos después, Jeremías recordará la ruina de Silo como advertencia para el templo de Jerusalén Jeremías 7:12-14.
La sentencia contra su casa se cumple en varias etapas: la muerte de sus hijos, la matanza de los sacerdotes de Nob, que eran muy probablemente descendientes suyos 1 Samuel 22:11-19, y la destitución de Abiatar, el único que escapó, cuando Salomón lo expulsa del sacerdocio 1 Reyes 2:26-27. El linaje de Elí aparece en el texto en una línea: Ahías, sacerdote en tiempos de Saúl, era hijo de Ahitob, hermano de Icabod, hijo de Finees, hijo de Elí 1 Samuel 14:3.