Leer y explicar en la sinagoga
Después del exilio, el arameo fue sustituyendo al hebreo como lengua de la vida diaria entre los judíos. El hebreo seguía siendo la lengua de las Escrituras y del culto, pero mucha gente ya no lo entendía bien. Para que el pueblo comprendiera lo que se leía, se fue haciendo costumbre que, después de leer un pasaje en hebreo, alguien lo dijera en arameo. Esa traducción oral es el targum.
La escena que la tradición judía consideró su origen está en Nehemías. Esdras lee la ley desde una tarima de madera ante hombres, mujeres y todos los que podían entender, y los levitas ayudan: «leían en el libro de la ley de Dios claramente, y ponían el sentido, de modo que entendiesen la lectura» Nehemías 8:1-8. El texto no dice que tradujeran al arameo; la tradición rabínica lo leyó así.
Más que una traducción
Los targumes no traducen palabra por palabra. Con frecuencia aclaran expresiones difíciles, evitan atribuir a Dios rasgos humanos (en vez de «Dios bajó», dicen que «se reveló la gloria de Dios»), identifican personajes o lugares, o añaden explicaciones e historias. Son, a la vez, traducción y comentario.
Por eso son valiosos: muestran cómo leían e interpretaban la Biblia los judíos de la época del Segundo Templo y de los siglos siguientes. Los más conocidos son el Targum de Onquelos, sobre el Pentateuco, y el de Jonatán, sobre los Profetas, que se fijaron por escrito en los primeros siglos después de Cristo.
¿Conocía Jesús los targumes?
En la sinagoga de Nazaret, Jesús lee el rollo de Isaías y lo comenta Lucas 4:16-21. Los evangelios no mencionan los targumes, pero algunos especialistas han señalado coincidencias entre palabras de Jesús y la forma en que el targum entiende ciertos pasajes.