«Maestro mío»
En los evangelios, «Rabí» es la manera más frecuente de dirigirse a Jesús. Los dos primeros discípulos que lo siguen le preguntan: «Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde moras?» Juan 1:38, y el evangelista traduce la palabra para sus lectores griegos. Natanael lo llama «Rabí» y en la misma frase «Hijo de Dios» y «Rey de Israel» Juan 1:49. Nicodemo, un fariseo principal, lo reconoce como maestro venido de Dios Juan 3:2. También los discípulos de Juan el Bautista llaman así a su maestro Juan 3:26.
Pedro lo usa en la transfiguración Marcos 9:5, y el ciego Bartimeo, en su forma más intensa, rabbuní: «Maestro, que recobre la vista» Marcos 10:51. Es la misma palabra que dice María Magdalena cuando reconoce al resucitado que la llama por su nombre Juan 20:16.
«No queráis que os llamen Rabí»
Jesús critica a los escribas y fariseos que aman los primeros asientos y los saludos en las plazas, y que los hombres los llamen «Rabí, Rabí». A sus discípulos les dice lo contrario: «vosotros no queráis que os llamen Rabí; porque uno es vuestro Maestro, el Cristo, y todos vosotros sois hermanos» Mateo 23:6-10. El problema no es la palabra, sino el honor que se busca con ella.
En boca de Judas
Mateo hace notar un detalle: en la última cena, los demás discípulos preguntan «¿Soy yo, Señor?», pero Judas dice «¿Soy yo, Maestro?» —«Rabí»— Mateo 26:25. Y en Getsemaní lo entrega con esa misma palabra y un beso: «¡Salve, Maestro!» Mateo 26:49. En Mateo, ningún discípulo fiel llama a Jesús «Rabí»; es el tratamiento que usa el traidor.