La vara de Aarón no vuelve a su dueño. Dios manda a Moisés que la ponga otra vez delante del testimonio, guardada como señal para los rebeldes, para que cesen sus quejas y no mueran Números 17:10. Moisés lo hace Números 17:11. Desde ese día, en el santuario hay un objeto cuyo único trabajo es recordar cómo terminó una disputa.
La reacción del pueblo no es de alivio. Es de miedo: el pueblo le dice a Moisés que están perdidos, que van a morir todos. Cualquiera que se acerque al tabernáculo morirá; ¿vamos a acabar pereciendo todos? Números 17:12-13. Después de Coré, del fuego y de la plaga, la conclusión que sacan es que el santuario es un peligro mortal para todos.
La respuesta llega en el capítulo siguiente, y es la otra cara de la vara. Dios le dice a Aarón que él y sus hijos cargarán con el pecado del santuario y del sacerdocio Números 18:1; que los levitas los asistirán y guardarán la tienda Números 18:2-4; y que el extraño que se acerque morirá Números 18:7. Es decir: el acceso queda limitado, pero también protegido. Hay alguien encargado de ponerse en medio para que la ira no vuelva a caer sobre los hijos de Israel Números 18:5.