Levítico da la receta y el ritmo. Doce tortas de flor de harina, cada una de dos décimas de efa —una cantidad de harina considerable, por lo que eran panes grandes—, colocadas en dos hileras de seis sobre la mesa limpia. Sobre cada hilera, incienso puro, «como memorial». Cada sábado se ponían panes nuevos, «de parte de los hijos de Israel como pacto perpetuo»; los retirados eran para Aarón y sus hijos, que debían comerlos en lugar santo, porque eran cosa santísima Levítico 24:5-9.
El texto no explica el número, pero la relación con las doce tribus es la lectura natural: en las hombreras y en el pectoral del sumo sacerdote había también doce nombres, uno por tribu Éxodo 28:9-12Éxodo 28:21. Los panes estaban «de parte de los hijos de Israel»: todo el pueblo, representado ante Dios cada semana.
La tarea tenía sus responsables. En su lista de los levitas de Jerusalén, el cronista asigna a unos levitas coatitas la preparación de los panes de la proposición, «para ponerlos cada día de reposo» 1 Crónicas 9:32. Y cuando el tabernáculo se desmontaba para viajar, la mesa se cubría con un paño azul, se colocaba encima la vajilla y «el pan continuo» seguía sobre ella, cubierto por un paño carmesí y pieles Números 4:7-8: los panes no se retiraban ni en marcha.