Un animal que solo Dios domina
Al final del libro de Job, Dios responde con una serie de preguntas sobre la creación. Las dos últimas describen dos bestias. Behemot, «principio de los caminos de Dios», un animal enorme que come hierba como buey Job 40:15-19, y el leviatán, al que nadie puede pescar ni domesticar: «¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua?» Job 41:1-11. La lección es la desproporción: si Job no puede con una criatura, ¿cómo pretende pedir cuentas al Creador?
El dragón vencido
En otros textos el leviatán no es un animal, sino una imagen del caos. El Salmo 74 celebra que Dios «dividió el mar» y quebrantó «las cabezas del leviatán» Salmos 74:13-14, en clara referencia también al paso del mar en el éxodo. Isaías anuncia para el futuro que Jehová castigará «al leviatán serpiente veloz, y al leviatán serpiente tortuosa; y matará al dragón que está en el mar» Isaías 27:1. Ezequiel compara al faraón con «el gran dragón que yace en medio de sus ríos» Ezequiel 29:3.
El contraste más llamativo es el del Salmo 104: allí el leviatán es una criatura más, hecha por Dios «para que jugase» en el mar Salmos 104:24-26. El monstruo que otros pueblos temían como rival de los dioses es, para el salmista, parte de la creación.
En el Apocalipsis
El último libro de la Biblia recoge la tradición: el dragón, «la serpiente antigua, que se llama diablo y Satanás», es arrojado del cielo Apocalipsis 12:9, y una bestia de siete cabezas sube del mar Apocalipsis 13:1. Las siete cabezas recuerdan las del monstruo de Ugarit.