El capítulo 4 de Daniel está escrito como una carta del propio rey a todos los pueblos. Nabucodonosor cuenta otro sueño: un árbol enorme que llega al cielo y que un vigilante santo manda talar, dejando solo el tocón atado con hierro. Daniel lo interpreta: el árbol es el rey, que será echado de entre los hombres y comerá hierba como los bueyes durante siete tiempos, hasta que reconozca que el Altísimo gobierna el reino de los hombres Daniel 4:10-27.
Un año después, paseando por su palacio, el rey dice: «¿No es esta la gran Babilonia que yo edifiqué?». Mientras habla, cae la sentencia, y vive como un animal hasta que le crece el pelo como plumas de águila Daniel 4:29-33. Al final de los días alza los ojos al cielo, recobra la razón y bendice al Altísimo, cuyo dominio es eterno; recupera su reino Daniel 4:34-37. Daniel recordará la historia como advertencia a Belsasar, al que Daniel 5 llama su hijo Daniel 5:18-21.
Su papel dentro de la Biblia
Nabucodonosor es uno de los reyes extranjeros que más espacio ocupan en el Antiguo Testamento y el agente de la mayor catástrofe de la historia de Israel: el fin del reino de Judá, del templo de Salomón y de la dinastía de David en el trono. Con él empieza el exilio, durante el cual, según muchos especialistas, se formó buena parte de la Biblia hebrea. Los libros históricos lo presentan como castigo; los profetas, como siervo de Dios; Daniel, como un rey soberbio que aprende a reconocer al Altísimo. Esdras resume la perspectiva: los padres provocaron a ira al Dios del cielo, y él los entregó en manos de Nabucodonosor Esdras 5:12.