En el evangelio de Juan, María Magdalena va sola al sepulcro el primer día de la semana, cuando todavía está oscuro, y ve quitada
la piedra. Corre a buscar a Simón Pedro y al otro discípulo, el que Jesús amaba: «Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos
dónde le han puesto» Juan 20:1-2. Los dos corren al sepulcro, ven los lienzos y vuelven a casa Juan 20:3-10.
María se queda fuera, llorando. Al inclinarse, ve a dos ángeles vestidos de blanco donde había estado el cuerpo, que le preguntan por
qué llora. Ella repite: se han llevado a mi Señor Juan 20:11-13. Se vuelve y ve a Jesús, pero no sabe que es él.
Pensando que es el hortelano, le pide que, si se lo ha llevado, le diga dónde lo ha puesto Juan 20:14-15.
Jesús la llama por su nombre: «¡María!». Ella se vuelve y le dice en hebreo: «¡Raboni!», que quiere decir Maestro. Jesús le dice:
«No me toques, porque aún no he subido a mi Padre», y la envía a sus hermanos a decirles que sube a su Padre y al Padre de ellos. María
va y anuncia a los discípulos: «He visto al Señor» Juan 20:16-18. Ver rabí.
Lo que los evangelios no dicen
Su papel dentro de la Biblia
María Magdalena es una de las mujeres más nombradas de los evangelios, y la única que los cuatro sitúan en el
mismo lugar decisivo: el sepulcro vacío. Su historia une la Galilea del ministerio con la Jerusalén de la cruz: la que fue sanada
sigue al maestro hasta el final, cuando los discípulos varones han huido, y, según Juan, la primera en ver al resucitado.
En el relato de Juan, el reconocimiento llega cuando Jesús la llama por su nombre Juan 20:16.
Otros con el mismo nombre
En el Nuevo Testamento hay varias Marías; la lista completa está en la ficha de María, la madre de Jesús. La
hermana de Moisés, que la Reina-Valera también llama María, tiene su ficha como Miriam.