Ana ora con un cántico. Empieza con su propia alegría —su corazón se regocija en Dios, su boca se ensancha sobre sus enemigos— y enseguida la convierte en alabanza a un Dios que no tiene igual 1 Samuel 2:1-2. Luego describe cómo actúa: los arcos de los fuertes se quiebran y los débiles se ciñen de poder; los saciados se alquilan por pan y los hambrientos dejan de tener hambre; la estéril da a luz siete, y la que tenía muchos hijos languidece 1 Samuel 2:4-5. Dios mata y da vida, empobrece y enriquece, levanta del polvo al pobre para sentarlo con príncipes 1 Samuel 2:6-8.
La última línea mira hacia algo que todavía no existe: Dios juzgará los confines de la tierra, «dará poder a su Rey, y exaltará el poderío de su Ungido» 1 Samuel 2:10. Israel no tiene rey; será el niño que Ana acaba de dejar en Silo quien unja a los dos primeros. Es también la primera vez que la Biblia llama «ungido» —en hebreo mashíaj, de donde viene «Mesías»— a un rey; hasta entonces, la palabra se había usado para el sacerdote Levítico 4:3. Elcana vuelve a Ramá, y Samuel se queda sirviendo a Dios junto a Elí 1 Samuel 2:11.
Su papel dentro de la Biblia
Ana aparece en solo dos capítulos, y su historia es la puerta de los libros de Samuel. Por ella empieza el relato que llevará de los jueces a la monarquía: el hijo que pide en Silo será el profeta que unja a Saúl y a David. Su cántico anuncia ese cambio antes de que nadie lo espere, y sus temas —Dios que exalta a los humildes, la estéril que da a luz— vuelven a sonar en el Nuevo Testamento en boca de María. Es, además, una de las oraciones más detalladas de la Biblia: dónde se hizo, cómo, qué se prometió y cómo se cumplió.
Otros con el mismo nombre
Ana la profetisa, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, una viuda muy anciana que no se apartaba del templo de Jerusalén. Cuando José y María presentan al niño Jesús, ella da gracias a Dios y habla de él a todos los que esperaban la redención de Jerusalén Lucas 2:36-38. Ver la tribu de Aser.